Discurso Edwin Weil en la recepción del Premio Nacional

Discurso pronunciado por el arquitecto Edwin Weil W. en la ceremonia de entrega del Premio Nacional de Arquitectura, durante la III Bienal 1981.

 

Edwin Weil Wohlke 1922-2011

El Honorable Consejo del Colegio de Arquitectos me ha distinguido con el “Premio Nacional de Arquitectura 1981”, colmando todas las aspiraciones que alguna vez pude tener.  Este hecho, verdaderamente sorpresivo para mí, ha obligado revisar en forma retrospectiva mi actividad profesional de 35 años, como una manera de responder a tan importante designación.

Se me informó que mi labor profesional, el período de docencia y mi carrera funcionaria han justificado mi presencia hoy en esta tribuna.

Y surge la pregunta ¿Es conveniente que un arquitecto ejerza paralelamente estas especialidades?  ¿De qué modo se favorece o perjudica cada una de estas líneas de trabajo?  ¿Se está formando un profesional superficial en sus conocimientos y por consiguiente con un alto grado de inseguridad en su labor?

Sin pretender dar una respuesta definitiva a esta interrogante, deseo en esta ocasión exponer experiencia propia y extrapolar, de alguna manera, conclusiones, que sólo tienen el carácter restringido de una gestión unipersonal.  No obstante el largo tiempo que ubre esta experiencia, permite sustentar un alto grado de certeza de mis observaciones.

Al iniciarse un Arquitecto en su vida profesional la mayoría de los casos encausa su labor en el campo del diseño, con un claro afán de ver aplicado sus conocimientos que le entregó la Universidad, en obras de volumen, color y forma.

Cuanto más variada la temática tanto mejor.  Es el período de calibrar los espacios, de vivirlos en verdad, de ajustar diseño y estructura.

Con este concepto ingresamos un grupo de colegas al Ministerio de Obras Públicas, Departamento de Arquitectura, Organismo que en esa época, 1947, buscaba una renovación en su equipo de proyectistas, debido a un período crítico posterior al terremoto de 1939.

Enormes moles de concreto, permanecían inconclusas, fruto de estudios insuficientemente evaluados en sus programas y posibilidades de financiamiento.  Más que obras gruesas, parecían ruinas prematuras y errores manifiestos.

Debo confesar que jamás quise formar parte de la Administración Pública y sólo me inicié en ella como una manera de sortear los primeros años en que no existen los clientes, particularmente para los que veníamos de lejanas provincias.

El entusiasmo propio de todo nuevo profesional, la riqueza temática que se nos ofrecía en el campo de la edificación pública, hicieron su efecto, y los años fueron pasando con gran celeridad.

Escuelas, Liceos, Estadios, Gobernaciones, Intendencias, Cuarteles de Bomberos, y de Carabineros, desfilaron por nuestros tableros.

El Adusto Departamento de Proyectos alteraba su ritmo al paso de estos entusiastas  profesionales, por cierto con la benevolencia y apoyo de nuestros jefes.

Surgieron períodos particularmente densos en el quehacer de nuestro Servicio.  El Plan Serena en el período del Presidente González Videla, la reconstrucción después de los terremotos de 1960 y 1965, las obras para el campeonato de football de 1962 y otros.

Recuerdo con especial agrado el proceso de las obras para La Serena.  La Universidad no nos había preparado en el conocimiento de los estilos, pues se estaba en un período que quería llamarse Arquitectura Moderna.  Vignola, Vitrubio y los clásico eran parte del curso de historia de la arquitectura sin aplicación en el diseño.

Y se había resuelto imprimir a los proyectos de la ciudad natal del Presidente, un estilo con reminiscencias españolas, con rejas, balaustradas, arcos, canes, que recordaban esta manera de expresarse en arquitectura.

Así debimos recurrir a nuestros jefes que con gran oficio y conocimientos suplieron estos vacíos.  Se produce el reencuentro de la experiencia con la juventud eufórica, lo que nos permitió salir airosos de este período especial.

Por otra parte, y siempre orientando esta exposición en nuestro quehacer en Obras Públicas, debimos advertir los errores de concepto que se habían estado aplicando en cuanto a la rigidez de los proyectos, que imposibilitaban cualquier modificación o remodelación posterior por la fuerza de las estructuras, y lo absurdo se advertía en nuestro propio lugar de trabajo que había sido proyectado con un plano muy libre y divisiones vidriadas de madera.  Y el “nuevo” Ministerio en construcción era una gran masa de hormigón donde hasta los tabiques se armaban en todos los sentidos.

Esto nos llevó a la determinación de que aquello de los planos libres no debían ser simples palabras, sino debía aplicarse con todo rigor en aquellos proyectos que cobijaban numerosos servicios en una sola unidad.

La Administración Pública es un sector de casi permanente remodelación en cuanto a sus esquemas funcionales.  Cada Gobierno introduce cambios en los diferentes Organismos, suprime unos, crea otros, y la edificación debe estar preparada  para ajustarse a estas cambiantes demandas de espacio, sin incurrir en grandes gastos de remodelación.

Todos los proyectos que desde el inicio en Obras Públicas me han correspondido diseñar, llevan el sello de una planimetría con compromisos mínimos en cuanto a su estructura y a través de más de 30 años han respondido a estas exigencias.

Toda transformación ha sido posible, por profunda que ella sea, el edificio vuelve a servir como nuevo, sin cambio en su expresión arquitectónica.

Las grandes catástrofes son períodos de aceleración en la tecnología y obligan a revisar criterios para afrontar con mayor éxito los períodos que les siguen.

Así los terremotos que con cierta frecuencia azotan nuestro territorio, obligan a dar respuesta con prontitud a la reposición de la infraestructura arquitectónica fiscal.

En 1966 toda la zona comprendida entre Concepción y Chiloé, sufrió los mayores daños derivados de los sismos de mayo de ese año.

Debían reponerse numerosas obras, particularmente escuelas, retenes y oficinas públicas.  Aparecieron los planos tipo como una forma de reducir tiempo en diseño y este aplicarlo a muchos casos.

Y dentro de la urgencia, no debíamos perder la calma.  Debían ser proyectos eficientes en su diseño, económicos en sus costos y simples en su construcción.

El terremoto de 1939 había dejado en evidencia como NO hay que proceder en estos casos.

Sin buscar una arquitectura de moda, sino con gran pragmatismo en el uso del material y la forma, respetando el entorno y el paisaje, salimos de la emergencia con obras terminadas, consecuente con lo que el país tiene derecho a esperar de la labor de sus funcionarios técnicos.

Esta breve reseña de algunos aspectos de nuestro trabajo en el sector públicos, sólo pretende señalar la trascendencia que una labor responsable tiene en la marcha del país.  Sabemos que no somos lo más importante, pero sí, que nuestra gestión repercute en la acción de otros Organismos del Gobierno, que se sirven del producto de nuestro afán;  un lugar digno y eficiente hace el trabajo más útil de nuestra Administración Pública, objetivo que todo gobierno persigue.

¿Y qué relación tiene toda esta gestión con la docencia?  Apenas salido de las aulas universitarias fui invitado a formar parte de un taller de Composición Arquitectónica en la Facultad de Arquitectura de la Universidad de Chile, en calidad de profesor ayudante.

Es necesario recordar, que la mayoría de los profesores en nuestra Facultad no tienen estudios pedagógicos y por lo tanto, se van formando, en cierto modo, en la práctica misma.  Esto permite afirmar que es necesario escalar peldaños también en este programa.

Pienso que en los primeros años en la docencia, y particularmente cuando ésta se apaga casi al término de los estudios, el docente es un poco competidor con el alumno.  Y no es fácil establecer una jerarquía por presión del propio estudiante.  Son pasos difíciles de dar, en que la falta de experiencia es un factor de significación.  No dar respuesta adecuada a una consulta, debilita la confianza y menoscaba toda autoridad.  Y es aquí donde aparece la ventaja del respaldo de un Servicio como al que yo pertenecía.  No sólo la experiencia propia sino la de otros colegas podía ser expuesta, y el alumno recibe información que emana de muchas experiencias cotejadas a través del tiempo.

Sólo 10 años después pude postular a un cargo de profesor titular, período que me parecía necesario y suficiente para aspirar a este nuevo escalón.

A partir de esa fecha, 1957, he permanecido frente a muchos alumnos que con su inquietud, inteligencia y vitalidad han devuelto a su profesor, parte de su juventud y deseo de permanecer activo en la profesión.  Debo mucho a mis alumnos y a los que ahora son profesionales, por lo que aquello que ser profesor es un apostolado, señalando por tal un gran sacrificio y entrega, en mi caso ha sido entregar y recibir en una cuenta que se salda perfectamente.

Y hay muchos desafíos en nuestra profesión y tal vez sea este el de los Concursos Públicos el que con mayor fuerza impacta en nuestras pretensiones.

Es una competencia en que sólo se juega la calidad profesional, enfrentando a un Jurado de muchas personas idóneas, que eligen por comparación la mejor solución.  Sé que hay profesionales escépticos respecto de los resultados de los Concursos Públicos en Anteproyectos de Arquitectura, pero puedo señalar enfáticamente que creo en este tipo de competencia;  que es por otra parte, una de las oportunidades de los nuevos arquitectos de exponer sus proyectos y alcanzar obras de alto significado, sin depender de relaciones familiares ni de grupos o personas que manejan recursos económicos.

Con la misma franqueza, quiero señalar que cuando me ha correspondido competir siempre lo he enfocado con la idea de ganar interpretando adecuadamente el espíritu con que se llamó al certamen.  Intentar una participación para hacer “mi arquitectura” o posar con soluciones que se estiman “aportes” sólo desvía la gestión y prepara al postulante mentalmente para el fracaso.  Salvo que el Concurso se llame bajo la consigna “aporte o posición personal frente a un problema”.

Por otra parte, y dentro del mismo quehacer y derivado de los cargos que he podido servir, he tenido la oportunidad de formar parte de más de 45 Jurados de Concursos.  Esta experiencia me lleva a sostener que jamás he salido de un evento de este tipo, con la idea que el Jurado haya equivocado su fallo.  Suelen existir discrepancias en la última selección pero, debemos señalar que se trata de resolver entre las mejores alternativas.

El Colegio de Arquitectos ha sido en este campo la mayor garantía y esperamos de él continúe en esa línea que todos los Arquitectos de Chile le reconocen.

De los compromisos anteriores se puede deducir que el ejercicio particular, sólo pudo realizarse restándole tiempo al descanso y a la familia.

Pero también es importante vivir esta experiencia que nos vincula a la realidad que como funcionario a menudo ignoramos.

Y vuelvo a preguntar ¿Se puede o debe paralelamente ser Docente, Arquitecto, y Funcionario?

Al parecer el premio que me acaba de otorgar el Colegio de Arquitectos, obedece a haber aprobado esta tarea que cumplí con agrado y responsabilidad.  Puse y sigo poniendo toda mi capacidad e interés en lo que hago, y exijo de mí, lo mismo que pido a mis colaboradores.

No recuerdo si al comenzar me haya planteado un objetivo muy claro, y que en pos de esa meta haya orientado y seguido mi labor profesional.  No quiero decir que no crea lícito enfocar una actividad en ese sentido.  Cuando elegí mi profesión, lo hice pensando en que esta actividad se avenía mejor a mis condiciones intelectuales y artísticas, basado en mis antecedentes escolares.  Una vez en posesión del título de arquitecto sólo anhelaba tener acceso a muchos temas, diversos, que me permitiera medir efectivamente lo que era capaz de hacer.  La Universidad nos provee de los instrumentos necesarios para abordar con responsabilidad los problemas arquitectónicos que debemos resolver y el Ministerio de Obras Públicas era el campo más interesante para realizar una actividad profesional de verdadera repercusión en el ámbito nacional.

Si he declarado mi sorpresa respecto del premio, no es una pose de falsa modestia, sino corresponde a un hecho que nace de no haberme preocupado realmente de lo que he realizado en este período de 35 años de trabajo, y en esto creo que influye el sentirme aún demasiado “joven” para hacer “historias retrospectivas”, escribir “memorias”, o analizar “toda una vida dedicada a la arquitectura”.

Pienso que lo importante es aportar trabajo responsable y permanente, no sujeto a estilo o  modas del momento, que pasan con la misma velocidad que aparecen.  Creo que en todas las épocas existen factores o valores que son permanentes y descubrirlos y aplicarlos con firmeza y buen criterio son la verdadera clave para que las obras arquitectónicas permanezcan válidas a través del tiempo.  Todo lo superfluo o falso termina dañando un proyecto y es lo que concluye por acusar lo débil de una posición que no se basa en los valores permanentes.  La lógica, la honradez estructural, el respeto a las condiciones ambientales, el empleo de materiales adecuados y su expresión, siempre serán factores positivos en todo diseño arquitectónico.

Debo reconocer que en el período de formación subsiste en todo arquitecto una tendencia a aplicar mucho de lo novedoso que nos traen las revistas, en un claro afán de aparecer “al día” en nuestra actividad profesional.  Pero cuando ya se siente la responsabilidad de tener que enfrentar a factores de costo, función y expresión, debemos con mayor seriedad medir cada paso en nuestros diseños.

Reflexionando sobre cual estimo ha sido mi aporte al quehacer arquitectónico en nuestra patria, sólo puedo decir que he realizado obras que a través de los 35 años que puedo recordar, aparecen vigentes en su expresión y, como cuando se proyectaron, sirven con la misma eficiencia en la actualidad.  Esto en comparación con otros edificios que se proyectaron con muchas más pretensiones y que han perdido su actualidad, y lo que es más, su prestancia, por la debilidad de los aderezos que con fines efectistas se le agregaron.

Y no es que los edificios fiscales tengan un mejor mantenimiento, sino por el contrario, a pesar de la no existencia de mantención sistemática, las obras permanecen válidas

Creo que es obligación de todo arquitecto prever en lo posible las modificaciones que posteriormente se quieran intentar, y tratar que esto no sea posible, ni necesario.  A nadie se le ocurrirá corregir un diseño si se comporta adecuadamente, por lo que la responsabilidad en la deformación de nuestras obras, en alta medida nace de un estudio ineficiente;  y es aquí donde vuelven a aparecer los factores que llamo permanentes no sujetos a moda o tendencia del momento.  Es fácil caer en arquitectura “pabellón de exposición”, espectacular, vendedora, como deben ser estas obras efímeras, que al correr de pocos años caen en el ridículo.

Si algún aporte he realizado en la arquitectura de nuestro país, es el de no haber abusado de los recursos de la Nación para «hacerme monumentos», con el solo propósito de posar de arquitecto de avanzada o innovador en la plástica arquitectónica.

En cierto modo he sido muy prudente en las soluciones planimétricas que se me encargaba ejecutar.  Tanto en el sector fiscal como en la actividad privada, debemos conciliar las condiciones financieras del mandante, con una adecuada solución planimétrica, tanto en lo plástico como en lo funcional.  Tal vez resulte aquí un accionar con mucho freno inicial, auto impuesto, y esto en gran medida pueda afectar una creación más audaz y de mayor calidad plástica.  Pero prefiero correr con esos conceptos a exponerme a soluciones discutibles, a expensas de recursos ajenos.

Creo que en este terreno, en alguna medida he logrado que en la Dirección de Arquitectura se opere con estos conceptos, al menos mientras he ejercido la jefatura del Servicio.   Me habría interesado alguna vez haber dirigido el Departamento de Estudios, pero por esas cosas de las carreras funcionarias, subí de un cargo inferior a la Dirección, saltándome el grado respectivo.

A un estudiante se le pueden dar muchos consejos, (lo importante es que no sean recetas, sino conceptos).  Pero la juventud graba mejor los resultados de su propia experiencia.  Un buen consejo suele no tener el efecto de un fracaso o un éxito real.  No obstante puedo señalar que lo más importante es ser honesto con uno mismo.

En todo compromiso arquitectónico debe aclararse previamente qué es lo que realmente se está buscando y en torno a este objetivo desarrollar las ideas, con las variantes que es dable establecer.  No hay que conformarse con lo primero que resulte, sino analizar con espíritu crítico el comportamiento de la planimetría lograda.  Nada es más nefasto que no ser objetivo con el propio producto, pero esto dentro de límites razonables;  que no se termine por aniquilar la propia labor.  En proyectos de importancia, un consejo de otro colega o aun de un profano puede ser útil en descubrir errores que a veces creemos que son cualidades.  Esto es particularmente válido en un proceso de concurso de anteproyecto, en que la presión del tiempo y el hermetismo que es necesario mantener, suele deformar el resultado por acción de estos factores.

Mi experiencia me ha señalado que al margen del equipo de trabajo que está operando en un estudio, y con quienes se analizan los factores que configuran un proyecto, la opinión de una persona o colega ajeno al problema es altamente valiosa.

Es igualmente importante que un estudiante, mantenga desde un comienzo de los estudios, un decidido paralelismo entre ramos científicos y artísticos en una integración progresiva, que permita cubrir el campo de la futura profesión con absoluta seguridad.  En posesión de conceptos muy claros y firmes es más fácil avanzar en el campo profesional, y la creación se surte de fuentes de verdadera fuerza.

 

EL AEROPUERTO de Santiago

Los aeropuertos son una realidad tan amplia y multidimensional que su importancia puede ser enfocada de muy diversas maneras en función de los criterios científicos, tecnológicos y profesionales que se apliquen.

Así, desde el punto de vista de un arquitecto o diseñador, un aeropuerto será, simplemente, un edificio terminal de características multiformes, o quizás un espacio público que singulariza la cultura de nuestra época.

Para los ingenieros civiles o de transporte, sin embargo, un aeropuerto es una de las piezas de mayor importancia en todo el entramado del sistema de transporte.

Para aquellos otros que centran su actividad en el negocio aeroportuario, será un gran centro de actividades logísticas, industriales o simplemente comerciales, que crea un entorno de actividad y dinamismo económico, es decir, crea riqueza a su alrededor.

Para muchos urbanistas y especialmente vecinos o grupos ecologistas, el aeropuerto es solo un elemento distorsionador, fuente de ruido y contaminación y, por lo tanto, un enemigo a combatir por las perturbaciones que crea a las condiciones de vida.

Lejos de todo ello, el aeropuerto, dondequiera que se ubique, resulta motor de la actividad económica y de oportunidades más allá del entorno inmediato, contribuye a la configuración del espacio, el asentamiento de la población e introduce nuevas relaciones personales y pautas de comportamiento social.  Es, en definitiva, todo, menos un elemento pasivo del paisaje o un actor superfluo;  por eso, tiene la obligación de salir de su silencio y explicarse a la comunidad.

El aeropuerto es en sí un conjunto de instalaciones que permiten el tránsito en ambos sentidos, de personas y mercancías desde un medio de transporte aéreo a otro terrestre.  Se divide en dos grandes zonas:  una llamada área Aeronáutica, donde se desarrollan pistas, rodajes, plataformas de estacionamiento de aeronaves, caminos de servicio interiores, bomberos aeroportuarios, subestaciones eléctricas, radio ayudas a la navegación aérea, torre de control, etc., y otra llamada Area Terrestre, donde se desarrollan caminos de acceso, estacionamientos de vehículos, edificios terminales de pasajeros y carga, etc.

Todo este conjunto de actividades, a su vez, está regulado en su desarrollo por un Plan Maestro, que define las distintas etapas de crecimiento, relaciona sus distintas áreas, concluyendo con su etapa final, es decir, cuando alcanza la saturación de tráfico y se hace necesaria su complementación con otro o su reemplazo o traslado.

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